Slow fashion: el furor por la moda sostenible

Se trata de una corriente que se autopercibe como la antítesis del modelo de producción Fast Fashion, haciendo hincapié en el cuidado ambiental y humano.

Si bien su primera mención fue en el año 2007, cobró mucha fuerza a partir del 2013, a raíz de una tragedia ocurrida en Bangladesh. El incidente dejó como saldo 1.129 muertos y 2.515 heridos, y el causante fue un derrumbe de un edificio, que albergaba cinco talleres de confección de prendas.

El hecho no solo dejó al descubierto la falta de infraestructura y seguridad laboral de los lugares donde se producen masivamente las prendas, sino que también sirvió para desenmascarar las pésimas condiciones a las que se encuentran sometidas las personas que trabajan para la industria.

¿Qué hay detrás de la producción actual?

El modelo del Fast Fashion está totalmente interrelacionado con el consumismo y el materialismo que han moldeado nuestros pensamientos desde el siglo XX. Uno de sus rasgos más característicos es la habilidad para crear en las personas una tendencia a acumular ropa de manera exagerada, a través de la premisa de que junto a las prendas vendrá una cuota de felicidad.

El afán por adquirir cada vez más prendas es tal que las encuestas han señalado que en la actualidad tenemos 5 veces más ropa que la que atesoraban nuestros abuelos.

Quienes sostienen la base de este sistema, se percataron hace unos pocos años que si en lugar de reponer el stock de productos agotados, los reemplazaban por similares pero con un pequeño cambio,  lograban suscitar en los compradores la idea de que la ropa que tenían (y posiblemente habían comprado de manera reciente), ya había “pasado de moda”.

La falta de ética de las grandes marcas es tal, que en su anhelo por una constante innovación, suelen robar ideas de artistas independientes. Entre otras de las estrategias comerciales que encontró el sistema de producción masivo,  el uso de publicidades para mantener su relevancia y promocionar sus tendencias es considerablemente remarcable.

Desde los campos hasta los talleres: el daño ambiental

La industria de la moda es considerada la segunda más contaminante del mundo después de la del petróleo, y la perturbación ambiental que produce se extiende desde la atmósfera hasta los ríos.  En su accionar, utiliza al planeta como un vertedero de desechos y pierde cuidado que es él quien le provee la materia prima y base para su desarrollo.

Es responsable de la producción de más del 10% del total de las emisiones de dióxido de carbono y gases de efecto invernadero, lo que equivale a lo producido por los vuelos internacionales y el transporte marítimo juntos.

Los químicos que se usan en el proceso de elaboración y que luego son vertidos en los cauces de agua, son terriblemente tóxicos para la flora y fauna de los ecosistemas acuáticos, y generan grandes alteraciones sobre la biodiversidad.

Muchas de estas sustancias también son dañinas para la piel, y se ha descubierto que el 63 % de los artículos de la mayoría de las grandes marcas tienen trazas de químicos en ellos. Por otro lado es bien sabido que se desprenden vapores tóxicos durante la fabricación de muchas prendas, que las personas implicadas en el proceso productivo aspiran constantemente, causando afecciones respiratorias e incluso cáncer.

La aplicación de productos químicos no se restringe solo a las fábricas, sino que también grandes cantidades de pesticidas son aplicadas a los cultivos de algodón (que constituye uno de los textiles más populares), siendo la dosis utilizada de estos no menor a 500 gramos por remera.

El 2,6% del agua potable del mundo es destinada a la producción de algodón y una remera hecha del mismo demanda más de 2500 litros para producirse. Un pantalón de jean, por su lado, requiere más de 7000 litros de agua, que es la cantidad que una persona consumiría en 5 años.

¿Planeta o vertedero?

Los desechos de origen textil constituyen una gran fuente de contaminación a nivel mundial, y por ejemplo, una remera de algodón tarda aproximadamente 200 años en degradarse. Los materiales sintéticos que hoy en día se usan para abaratar costos, demoran por supuesto un tiempo muchísimo más prolongado, pues se trata de productos derivados del petróleo.

Para que nos hagamos una idea de la cantidad de prendas que se desechan en la actualidad, se estima que un camión lleno de ropa es arrojado en algún lugar del plantea a cada segundo.

Hace unos años, cuando las prendas sufrían algún desperfecto, se arreglaban y se evitaba desecharlas por lo costoso que era adquirirlas.  Actualmente es creciente el número de prendas que ante esta situación, son descartadas. Como prueba de esto, en Alemania las encuestas mostraron que más del 50% de la población no ha reparado ningún artículo de vestimenta en su vida.

Si hasta acá no parecía descabellado el asunto, se sorprenderán al saber que muchas marcas prefieren quemar la ropa que es devuelta por fallas (con todo el daño ambiental que esto conlleva) antes que donarla, pues a su criterio “arruina” la imagen de la empresa.

Incluso cuando de la donación se trata, han surgido inconvenientes. En muchos lugares del mundo, las organizaciones que reciben las prendas, lo hacen en tales cantidades que se ven obligadas a restringir la admisión de las mismas  porque  el excedente no se destina a ningún fin y termina formando parte de los desechos.

Condiciones laborales

En Bangladesh, quienes trabajan en los talleres de confección ganan en promedio 33 dólares por mes, trabajando entre 14 y 16 horas por día. Esto, sumado a las pésimas condiciones a las que se encuentran sometidos los empleados, deja al descubierto la falta de empatía e integridad que caracteriza a la industria de la moda.

El trabajo infantil es más que frecuente en los talleres, donde los niños se ven obligados a  trabajar para aportar a la economía de sus familias a causa de la pobreza en la que se encuentran sumidas.

Las condiciones de trabajo son deplorables: escasa ventilación e iluminación, espacios reducidos y saturados de máquinas, telas y demás elementos. Además, la falta de higiene y seguridad en cuanto a infraestructura, multiplican de manera exponencial los riesgos para la salud que implica ser parte del modelo Fast Fashion.

Cambio de hábitos y consciencia ambiental

Haciendo un análisis general de la situación, podríamos simplemente concluir que quienes deben tomar cartas en el asunto son los gobiernos, a través de la gestión de leyes que promuevan el control de la contaminación que produce el sector así como también de los derechos de los trabajadores.

Sin embargo, debemos reconocer que nosotros, los consumidores, somos en gran parte responsables de lo que ocurre, pues a través de nuestras compras apoyamos este modelo y todo lo que el mismo implica. Es por eso, que si queremos cambiar el curso de los hechos, el primer paso es modificar nuestra conducta como consumidores.

Si bien muchos de los partidarios de este modelo afirman que no existe tal cosa como una moda 100% sustentable,  el objetivo que debemos plantearnos es optar por alternativas más sostenibles y tomar consciencia al momento de adquirir y deshacernos de prendas y accesorios.

Algunos de los principios que se conocen como básicos en el Slow Fashion son los siguientes:

  • Se opone al consumo de prendas que se produzcan en forma masiva por las consecuencias que tienen a nivel de vulneración de derechos laborales y ambientales.
  • Apuesta a comprar productos artesanales para apoyar emprendimientos locales y el comercio justo.
  • Promueve el consumo de ropa de segunda mano.
  • Prefiere materiales sostenibles y producidos éticamente.
  • Elección de prendas clásicas y duraderas de calidad.
  • Enmendar la ropa dañada y alargar la vida útil de la misma.
  • Disminuir el consumo de ropa y evitar las compras compulsivas.

Si bien estos cambios de conducta pueden parecer un poco avasalladores, la importancia no reside en aplicar todos ellos de manera drástica, sino en realizar un manejo responsable de las prendas. Empezando por no caer en la tentación de comprar si no es realmente necesario o si lo hacemos bajo un impulso creado por los bajos precios que ofrecen las tiendas.

También podemos colaborar a reducir el impacto ambiental, eligiendo productos de materiales naturales, sin pesticidas y durables en el tiempo. Es increíble la cantidad de avances con relación a esto que se han logrado en los últimos 10 años, y existen en el mercado actual materiales elaborados a partir de residuos como piel de naranja, cáscara de banana, restos de café y botellas de plástico.

Siempre que elijamos un producto que aparente ser sustentable, debemos buscar información sobre su procedencia. Esto es así, porque en numerosas ocasiones las empresas tratan de engañarnos con etiquetas que hablan de prendas “verdes”, cuando no pueden diferir más de la realidad en la que son producidas.

Comprar ropa de segunda mano y usada también es uno de los pilares de este modelo, pues así evitamos sustentar la demanda de nuevos productos hacia las grandes marcas.

Por supuesto una de las máximas que nos propone el Slow Fashion, como cualquier otro modelo amigable con el medio ambiente,  es evitar el descarte y reparar las prendas siempre que sea posible o incluso reciclarla para darle un nuevo uso. Con retazos de prendas se pueden crear alfombras, canastos, almohadones, e incluso juguetes.

Si por otro lado la opción que elegimos es regalar o donar nuestra ropa, lo ideal sería asegurarnos de que acabará en un lugar donde se le dará uso, evitando que la misma termine formando parte de los desechos.

Cambiar nuestra percepción en torno a la moda, no significa dejar de apreciar el arte detrás de la misma o dejar de elegir prendas que nos gusten o identifiquen. El verdadero cambio apunta a la búsqueda de alternativas que nos lleven a asumir un modo de vida más sostenible y respetuoso con el ambiente y las personas implicadas en la elaboración de nuestra indumentaria.

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