La chispa vintage

El fenómeno que hoy ha sido adoptado por la juventud, se originó hace décadas y se plantea como una de las variantes para llevar una forma de vida más eco-friendly.

Es importante aclarar que cuando se habla de ropa vintage, no se trata de un sinónimo de segunda mano. Mientras que el primer término hace referencia a aquellas prendas con más de 20 años, el segundo abarca toda indumentaria a la que se le decide dar una segunda oportunidad para ser utilizada. Otro concepto empleado por la industria es el de Antique, únicamente aplicable cuando las prendas tienen una vida de más de 50 años.

De tradición a negocio

Seguro la mayoría de ustedes usó alguna vez un pantalón, una remera o un vestido, que perteneció a un primo/a, hermano/a o pariente cercano. Si bien la reutilización de prendas ha sido un comportamiento típico ( desde hace cientos de años ) entre integrantes de una familia, el surgimiento de la concepción comercial de las prendas usadas, data de los años 60.

Hasta mediados de 1960, la idea de usar ropa que había pertenecido a otra persona, y sobre todo si se trataba de un difunto, era rechazada fuertemente por un amplio grupo poblacional. Luego de la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo en Estados Unidos, se produjo un marcado crecimiento del consumismo. El deseo por prendas nuevas y relucientes  se apoderó de gran parte de la sociedad, y la ropa usada quedó restringida sólo a quienes no podían adquirir las novedades del mercado.

En los primeros años de su popularización, se creía que “ser un poco raro o teatral” era un requisito para ponerse encima trajes viejos, tapados y vestidos que no encajaban para nada con la estética del momento.

Sin embargo, el negocio fue aprovechado por varios oportunistas que abrieron tiendas de venta de prendas usadas en ciertas ciudades de Europa y los Estados Unidos.

El paso del tiempo condujo a la llegada del movimiento hippie, cuyos miembros se encargaron de desempolvar estas reliquias fuera de servicio, aperchadas en baúles y armarios. Fue así como el concepto de “vintage“ se volvió una insignia del ambientalismo, y una forma de protesta hacia el sistema de producción masivo de la industria textil.

Si bien la tendencia entre los hippies era la reutilización de indumentaria en desuso , la misma tomó inspiración en distintas épocas con relación al lugar del mundo en el que se presentaba el fenómeno. En San Francisco, por ejemplo, los jóvenes desarrollaron un gusto particular por largos vestidos y textiles aterciopelados de la época victoriana. Su objetivo: desarrollar la individualidad y atentar contra el consumismo, permitiéndose al mismo tiempo diferenciarse de la estética de sus padres.

Como era de esperar, esta tendencia no se detuvo, y comenzó a entrometerse en el repertorio de fashionistas de todas las edades. Como el vino, las prendas comenzaron a adquirir más y más valor con el pasar de los años, sobre todo si se trataba de artículos de primeras marcas como Chanel, Louis Vuitton o Gucci .

La búsqueda de prendas de buena calidad y con cierta antigüedad llevó al surgimiento de un nuevo problema: la escasez de las mismas. Durante el transcurso de la década del 70, encontrar aquel tesoro textil que tanto anhelaban los conocedores del tema, requería de estar atento a todo comercio que lo pudiera tener, y además contar con contactos que alertaran la llegada de nueva mercadería.

La gravedad del asunto fue tal, que para el año 1978, tiendas como The Attic y Unique Clothing Warehouse en Nueva York, se estaban quedando sin estrategias para atiborrar sus percheros de prendas “old fashioned“. Consecuentemente y como respuesta a la problemática, nacieron las réplicas vintage: una alternativa que permitió a los comercios contar con los preciados estilos de épocas pasadas, pero elaborados de manera reciente.

Muchos de los problemas que dificultaban el hallazgo de prendas que valieran la pena en tiempos pasados, fueron resueltos gracias a la llegada de las nuevas tecnologías. Entre los avances, la creación de internet tomó un papel fundamental, ya que permitió a los usuarios adquirir mediante simples clicks, artículos de la más alta calidad y a precios accesibles desde cualquier lugar del mundo.

Otra de las herramientas que se le atribuye a la era digital, es la posibilidad de acceder a imágenes de outfits de décadas pasadas para lograr el styling perfecto, teniendo en cuenta peinados, maquillaje y accesorios acordes.

Hoy, sin lugar a dudas, usar ropa de segunda mano o vintage forma parte de una preferencia que no sólo se ve en las calles, sino que también es un comportamiento reconocido y adoptado por gran parte de la industria de la moda e incluso por celebridades. Nos topamos con ejemplos como Meghan Markle, quien se decidió por un abrigo Dior de 1960 para asistir a una ceremonia de bautismo, o incluso la aparición de la temática en la portada de la mismísima Vogue.

Mientras el alcance de la consciencia ambiental sobre los desechos textiles se expande en la sociedad actual, dotar de una segunda vida a esta clase artículos se presenta como una de las alternativas viables, en pos de cuidar el planeta.

Pero no sólo el componente ambiental juega un papel fundamental en la aclamada fama de este tipo de indumentaria, sino que también se le atribuye un fuerte componente social, siendo preferido por el público juvenil. La mentalidad de las personas ha evolucionado hacia la búsqueda de la autenticidad y originalidad, escapando de la masificación que durante años fue la conducta dominante.

El hecho de componer un outfit con elementos que nadie o pocos tienen, es hoy un objetivo perseguido por un gran número de usuarios, y ocupa un lugar muy importante entre sus prioridades.  

¿Cómo contribuye al bienestar del medio ambiente?

Vivimos sumergidos en una sociedad consumista. Compramos, y compramos en cantidades exageradas, por el simple hecho de que los artículos producidos bajo el modelo Fast Fashion son de bajo costo. Pero es este último, el que esconde una finalidad inherente a las políticas de las empresas: una corta durabilidad y un carácter descartable.

Si bien es cierto que las prendas vintage o de segunda mano, son un producto de la industria de la moda elaboradas bajo el sistema contaminante (al menos en su mayoría), siguen siendo una de las opciones más factibles cuando de un consumo consciente se trata.

La decisión de darle una segunda oportunidad a la ropa, alarga su vida útil y logra así evitar que termine formando parte de las pilas de desechos textiles. Además, al optar por esta alternativa, se reduce la cantidad de materia prima utilizada (que normalmente implica desgaste y contaminación ambiental ) y la producción de gases de efecto invernadero.

El sentimiento de vergüenza asociado a la vestimenta de segunda mano, es un tema del pasado. En la actualidad, los consumidores de esta alternativa no temen presumir el origen de sus prendas y accesorios. Incluso, la historia detrás de los mismos, los vuelve más preciados y dignos de batallar contra el modelo Fast Fashion.

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