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Diego: El más humano de los Dioses.

Diego: El más humano de los Dioses.

La vida de un hombre que cerró sus ojos para siempre. El Legado, repleto de elogios y críticas, ambos de manera desmesurada.

Con la vaga compañía de una lámpara, en una noche que pesa, el silencio y shock de una ciudad acompaña. Dejó de existir Diego Armando Maradona. Aquél que pensamos que sería inmortal, no lo fue. Probablemente el peso de su imagen, aquella que sostuvo durante cuarenta años de manera interrumpida, lo terminó venciendo. Fue de golpe, sin aviso, sin presentimientos, nada.

En el fútbol, no hubo ni hay alguien que ame tanto la pelota como Diego. En verdad era su cable a tierra y su motivación. Cuando dirigía a Gimnasia de La Plata, le dijo al oído a Julio Falcioni, por entonces DT de Banfield, “El fútbol nos da vida”. Y qué verdad, qué acertado. Siempre fue su motor y ni siquiera ya retirado de la profesionalidad de pudo alejar del verde césped. Fue comunicador, Entrenador, mentor, etc. Es inevitable relacionarlo con este deporte.

El cinco de octubre del año pasado, presencié Godoy Cruz contra Gimnasia de La Plata. El Estadio Malvinas Argentinas repleto quería ovacionar al Tomba, pero no sentí tal vibración en ningún lugar como cuando ingresó Diego al campo de juego. Me autoexigí no levantarme y mantener mi postura, pero me resultó imposible. La gente se levantaba y coreaba su nombre. Aplaudían. Alguien se pasaba la mano de la cara para expulsar alguna lágrima rebelde que se escapaba del ojo. “Gracias” se le leía a él. El hombre que recibió billones de agradecimientos en su vida, se emocionaba por el cariño de un público al que, por primera vez, él conocía.

Diría que el 98% de la población de nuestro país, ama y se enorgullece por Argentina. Diego fue nuestro embajador en el mundo entero durante décadas. Su historia conmovía. De no tener un plato de comida a tocar la Copa del Mundo. Su sueño se cumplía tan pronto que muchas veces, el personaje Maradona se comía a Diego en demasiadas actitudes. Pero que ni siquiera eso logró tapar su genialidad y obra maestra.

La más resonante se titula México 86, donde un hombre convirtió un deporte colectivo en un individual. No hay registros de semejante actuación de un deportista. Fue, realmente, tocar el cielo con las manos. La Argentinidad deslumbrada al máximo. Contra Inglaterra, un gol de película que no hace falta describir y otro con la picardía y la trampa que, sin decirlo en modo peyorativo, nos define. Su sentimiento por nuestro país fue más grande que todos los estadios juntos donde él alguna vez estuvo.

No coincido con aquella frase que dice “Maradona jugador, Maradona persona”. Son distintas versiones y formas de vida. En él convivieron ambos. No se puede partir en dos a un ser humano, incluso poniendo todo en una balanza donde Diego, por escándalo y mayoría, pesará más que Maradona. Incluso en todas las personas somos dos. Juntos, pero dos en fin.

Eduardo Galeano, en sus palabras, describió a Diego Maradona. Sí. El entero. Sin divisiones. Él decía: “Maradona es un Dios sucio, pecador, el más humano de los Dioses. Nos reconocemos en él por sus virtudes, pero también por sus defectos“. Nada más acertado. Descanse, Capitán. Que tenga la paz que acá no supimos darle.

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