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¿Quién escribe?

¿Quién escribe?

Una propuesta poética al día. ¿Cuánto tardás en apreciar la flor que se abre cuando el rayo de sol le toca la piel? ¿Cuánto tardaste hoy en observar el color del iris de un ojo? ¿Cuántas veces invocaste un nombre?

Alejandra Pizarnik, 1955.

“Los profanos sentimos desde siempre vivísima curiosidad por saber de dónde el poeta (…) extrae sus temas (…) y cómo logra conmovernos con ellos tan intensamente y despertar en nosotros emociones de las que ni siquiera nos juzgábamos acaso capaces”. (Freud, 1907 [1908], p. 1343).

Así comienza Freud su artículo “El poeta y los sueños diurnos”. El psicoanalista dedica alguna parte de su vida al estudio de la creación literaria. La pregunta que lo sostiene allí, claro, es tal vez la misma que muchos nos hacemos: ¿quién escribe?

Algunos años después, en “Lo Perecedero” (1915 [1916]), trabaja el sentimiento angustiante de un poeta que camina con él al ver el desvanecimiento de la naturaleza en invierno. Deja en claro: que lo bello perezca es la razón del incremento de su valor. (p. 2118.).

Escribe, pues, quien perece. Pero ninguna duda habrá al anunciar que todos perecemos. Aún, la poesía deja inscripto aquel momento en el cual la Cosa deja de ser (cuando no es, cuando comienza a dejar de ser).  

Parece impensable que aun donde todos fenecemos, solo algunos escribimos. Es impensable por su condición falsa. Ya que, allí donde el desvanecimiento rige, todos escribimos. Escribe, entonces, quien es.

Donde la Cosa es dicha, medianamente, equívocamente, pero dicha al fin, ¿por qué no pensar que ya está inscripta? A propósito, la temática poética no es vasta, inacabable, inabarcable: también perece. El amor, la muerte, la sexualidad, la vida. Sin embargo, no hay ningún parecido entre un poema de amor y otro. Es así que la inscripción no es exitosa, no está enteramente dicha. Está, más bien, mal-dicha. Habrá siempre el qué decir.

Ciertas frases que expresan, por ejemplo, el amor por la primavera, el amor por el amor, el amor por la juventud (y todas sus semejantes contrarias) son una forma de escritura. Justamente, amar la flor que se abre en amanecer, amar la juventud, expresa, a la vez, aquello que se siente cuando los pétalos de la flor son quebrados por la helada invernal; aquello que se siente en el aparecimiento de aquella primera cana, aquella primera arruga.

Escribe, sí, quien se hace cargo, en tanto incluye en la letra el desguace del tiempo, de lo desvencijado, del detrimento y también lo venidero, de las infinitas posibilidades del azar, de lo imposible de escrutar. La escritura es, por tanto, una forma presente conjuntiva de lo pretérito y lo venidero. Escribe quien es hoy. ¿Cuál es el calibre en la poesía de lo que fue? ¿Cuál es la envergadura de lo que será? ¿No escribió el poeta acaso de lo que fue cuando lo fue? ¿No escribirá otro de lo próximo cuando sea?

Ver también

Ahora decime vos: ¿quién no escribe? [i]


[i] Referencias:

Freud, S. (2013). El poeta y los sueños diurnos. En López- Ballesteros y de Torres, L. (Trad.), Sigmund Freud Obras Completas (Vol. 10.-1ª ed., pp. 1343-1348). Buenos Aires, Argentina: Siglo Veintiuno Editores. (Trabajo original publicado 1907 [1908]).

Freud, S. (2013). Lo perecedero. En López- Ballesteros y de Torres, L. (Trad.), Sigmund Freud Obras Completas (Vol. 15.-1ª ed., pp. 2118-2120). Buenos Aires, Argentina: Siglo Veintiuno Editores. (Trabajo original publicado 1915 [1916]).

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