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El curioso origen de las frases y expresiones que usamos (y que hasta ahora seguramente no conocías) ‒ 2da. parte

El curioso origen de las frases y expresiones que usamos (y que hasta ahora seguramente no conocías) ‒ 2da. parte

La lengua castellana está repleta de modismos o frases hechas cuyo origen, en algunos casos, son todo un misterio. Se trata de expresiones populares muy arraigadas en una sociedad y que, muchas veces, poco o nada tienen que ver con las palabras que la forman. A continuación develaremos de donde proceden las frases hechas más conocidas y utilizadas, algunas de ellas recogidas del uso popular y de la historia.

Algunas creadas en tiempos remotos y tierras lejanas, otras de reciente aparición o acuñadas a poca distancia de donde vivimos. En todos los casos, los significados, los sentidos, los usos y, claro está, los orígenes de las frases y refranes populares que usamos nos sumergen en lugares tan insólitos como divertidos de nuestra cultura y de nuestra idiosincrasia.

La música, un hecho histórico, la literatura, los medios de comunicación social, la ciencia, la religión, la mitología, el deporte y cientos de situaciones cotidianas se entrelazan en este maravilloso mundo de los refranes y las expresiones, un reflejo inequívoco de las diferentes culturas que formaron la historia de nuestra lengua. Su estudio y su análisis echan luz sobre algunos misterios del hablar diario, mientras que la grata tarea de la lectura nos aporta un relevante caudal de nuevos conocimientos.

Desde mi humilde rol de divulgador confío, también, en que por esta vía entretenida, simple y didáctica, se puede apreciar un poco más la riqueza de nuestro fabuloso idioma. No deja de ser mi intención contribuir en una pequeña dosis al campo de la comunicación popular en la que, abiertamente, considero se incluye este tipo de trabajos, pues al auscultar el hablar de la gente, podemos acceder a una parte de su enmarañado mundo ideológico.

Ahora sí, sin perder más tiempo presentamos la segunda parte de las frases y refranes populares más curiosos de nuestra lengua, cuyo origen muy probablemente jamás imaginaste:

21. Comerse un garrón

Etimológicamente, la palabra “garrón” deriva del término garra, por eso uno de sus significados es ‘espolón del ave’, extremo de la pata de algunos animales como el conejo o las reses. Uno puede inferir que, luego de atrapar o sacrificar un animal para alimentarse, una de las últimas partes que alguien pretende comerse es el garrón, ya que es muy duro para masticar; cuanto mucho, se lo usa para darle sabor a una sopa o a un guiso. A partir de dicha circunstancia, “comerse un garrón” pasó a denominar cualquier caso en el que una persona atraviesa una situación adversa o desagradable, sin que la misma llegue a niveles de drama o tragedia. La habitual economía en el uso de la lengua ha provocado que, en ocasiones, la expresión indique idéntica situación en fórmulas como “un garrón” o “¡qué garrón!”.

22. Meter cizaña

El que mete cizaña busca crear una atmósfera signada por la confusión, pretende armar pelea o crear malestar entre otros, diciendo cosas (verdaderas o falsas) que ofendan o enfurezcan a alguno de los involucrados.

La cizaña es una maleza de tallo ramoso y espigas anchas y planas cuyos granos contienen un principio tóxico, que se acumula en el grano de trigo y que en una época era muy difícil de extirpar. Se entiende por “cizañero” el que tiene la habilidad causar discordia, hostilidad, antipatía, o ser “tóxico” y negativo, como el efecto que produce esta maleza.

La mala fama de esta planta se vio poderosamente incrementada a partir de la difusión de la Biblia, pues en el Nuevo Testamento, figura la conocida “parábola de la cizaña”, en la cual Jesús remarca la gran diferencia entre el trigo y la cizaña, a modo de metáfora, para distinguir a los justos de los pecadores.

23. Pijotear

De acuerdo a su proveniencia, la pijota es la cría de la merluza, a la que los pescadores suelen devolver al mar por insignificante y por no tener ningún tipo de valor. A los que no lo hacían, los llamaban “pijoteros”. Para el uso coloquial, pijotear significa regatear, buscar lo más barato, también mezquinar. A su vez, este término proviene del español pijota, que lo toma del latín pisciota (forma de llamar a la merluza chica de escaso valor para la venta), peces que descartaban los pescadores y que se llevaban los ‘pijoteros’ para su consumo.

24. Darse manija/manijearse

“Dar manija” es estimular con palabras a alguien con el objeto de sacarlo de un estado neutral o pasivo. Proviene de la manija que en tiempos pasados se les daba a los autos para que arrancaran. Primero se usó “estar manijeado” (acelerado, ansioso) y luego se transformó en “estar/dar manija”; pensar mucho y sin parar en una situación, “maquinarse”. Según el Diccionario del Habla de los argentinos de la Academia Argentina de Letras, dar manija es “hacer pensar insistentemente en un mismo asunto”. “No te des manija, ya se va a solucionar ese problema” o “Me estoy manijeando con la pizza que me voy a comer esta noche”.

25. Tirarse un lance

En España y otros países americanos, “lance” es la acción de echar la red para pescar. De ahí proviene el “lancero”, quien intenta varias conquistas amorosas a la vez. En España, “lance” tomó también el sentido de echar la red sobre la borda y, más adelante, equivalió a algo así como un trance o episodio (un duelo, por ejemplo, es un lance de honor).

Pero la frase “tirarse un lance” nació en nuestro país, Argentina. Se refiere, como muy bien lo explica José Gobello, a una “acción ejecutada sin seguridad de éxito con la esperanza de que el azar la haga provechosa”. Quien se tira un lance, ya sea en una conquista amorosa o al ir a dar examen muy mal preparado, recibe entre nosotros el calificativo de “lancero”. Ni bueno ni malo, “tirarse un lance” consiste en entregarse a las emociones del pálpito y la incertidumbre y esperar una ayudita del destino.

26. Dejar en banda

Se llama “banda” a los bordes internos de la mesa de billar. “Quedar en banda” o “dejar a alguien en banda” plantea una posición difícil e incómoda, como cuando la bola queda en ese borde y complica el tiro de quien le toca jugar. 

27. Dar una seca

A comienzos de los años ´30, cuando alguien le pedía una pitada a otra persona, el dueño del cigarrillo, que no quería que se lo humedecieran con labios ajenos, decía: “Seca, eh”. Con el tiempo, eso llevó a que, al pedir una pitada, se dijera: “¿Me das una seca?”. 

28. No dejar títere con cabeza

Aplicada a galanes muy exitosos o bien a tertulias en las que nadie se salva de una dura crítica. Su origen se encuentra en la historia del Hidalgo Don Quijote de la Mancha, obra del literato español Miguel de Cervantes Saavedra. En ella, el caballero confunde una representación teatral con la realidad. En determinada escena, unos malvados títeres acosan a una bella e ingenua princesa (una muñeca hecha con madera y trapos) y es entonces que Don Quijote, decidido a impartir justicia a cualquier precio, arremete contra los títeres arrancándole sus cabezas con su espada, provocando un gran alboroto entre los presentes. Otras fuentes señalan que la expresión deriva de los juegos de ferias en los que hay que derribar muñecos, arrojándoles proyectiles, para obtener un premio.

29. Dorar la píldora

Desde siempre, los medicamentos (infusiones, polvos, brebajes) se han caracterizado por tener un sabor amargo y poco agradable. Actualmente, todas las personas saben que las pastillas y los jarabes, al igual que otro tipo de medicamentos, suelen estar integrados por componentes de sabor amargo y desagradable. Es por eso que en algunos casos se les agregan saborizantes que los hacen más agradables al gusto, sobre todo los que son para niños. 

En aquel momento no existían los saborizantes, por ello los antiguos boticarios tenían una técnica muy particular: dorar la píldora con alguna sustancia de gusto azucarado, suave y agradable al paladar. De este modo, se facilitaba la acción de tragar el medicamento.

Hoy en día se usa esta expresión para decir que alguien está hablando de manera más suave y condescendiente para no herir a su interlocutor, que puede ser un amigo o un familiar.

30. Como turco en la neblina

Esta me encanta. El origen es bastante brumoso, pero hay un acuerdo en que tiene que ver con que en España al vino puro (sin agua) se le decía “turco”. Entonces, quien tomaba de más, se agarraba una “turca” o se convertía en “turco” (mucho más amable que nuestro tan típico “ponerse en pedo”). Y ¿qué mejor imagen para denotar confusión que un borracho en la neblina? ¿Se imaginan volver de una fiesta en un día con niebla antes del amanecer?

De tal circunstancia, el ingenio popular español decidió llamar “vino turco” al que no había sido adulterado o rebajado. Claro está que el vino más puro es el que hace notar más sus efectos en el cuerpo humano. Con el tiempo, esta asociación dio lugar a otra expresión: “tener una turca”, para indicar que alguien estaba bajo los efectos del alcohol o, directamente, borracho. Desde entonces, la embriaguez se asocia con los turcos. Entonces, andar como turco, por todo lo expuesto, significa andar borracho o, por lo menos, desorientado. Algunos indican que el agregado de la neblina es un aditivo criollo para exagerar la situación y así situar a un borracho con pocas chances de ver el entorno por el que transita.

31. Tirar manteca al techo

Surge cuando los jóvenes adinerados de Buenos Aires, allá por los años ´20, tomaron como diversión, en los cafés o restaurantes porteños, arrojar con los cubiertos pedazos de manteca a los techos. La idea era competir para ver quién era capaz de dejar pegados más pedazos de manteca o cuál de ellos se mantenía adherido por más tiempo. También gozaban cuando algún fragmento se despegaba y caía sobre un desprevenido cliente. Esta práctica absurda pero real, era propia de los llamados cajetillas o petiteros.

Es oportuno añadir que se cree que fue Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, alias Macoco, reconocido playboy y automovilista en su época, quien iniciara esta estúpida costumbre mientras gastaba su dinero (o el de sus padres) en el afamado y exclusivo cabaret Maxime de París. El acto se transformó en una celebrada anécdota cuando Macoco volvió a Buenos Aires y fue entonces copiada por otros chicos bien de la ciudad.

32. A ojo de buen cubero

En tiempos remotos, cuando la falta de sistemas precisos para medir las cantidades y para regir los distintos tipos de industria era notoria, las cubas para contener líquidos se elaboraban una por una. Vale aclarar que las cubas son tradicionales contenedores de tamaño intermedio, en general, fabricados con maderas duras y sujetos alrededor con fajas de metal. Esta situación provocaba que ningún recipiente fuese exactamente igual a otro y, por consiguiente, la cantidad de agua, vino o cualquier otro líquido era difícil de calcular.

Así, al momento de comprar y vender líquidos, se comenzó a usar esta frase para indicar que la medida del producto comercializado era aproximada, pues nunca se sabía con total exactitud. Hoy la usamos para indicar una cantidad cualquiera sin estar completamente seguros, aunque no se trate de líquidos.

33. A los ponchazos

Usamos esta frase para describir una situación en la que alguien busca un objetivo (o directamente lo consigue), a través de mecanismos poco ortodoxos o bien a través de maniobras y tácticas desprolijas, feas o desordenadas. Al decir que alguien hace algo “a los ponchazos”, queremos decir que no está apelando a la razón, a la belleza, al talento o a la estrategia, sino que, por el contrario, lo hace con voluntad, garra, corazón o fuerza.

Todo proviene de las peleas entre criollos, cuando los desafíos se ejecutaban con cuchillo o facón. Además de esas armas blancas, los contendientes se ayudaban con los ponchos (u otras prendas que tuviesen a mano) para evitar cortes en las manos y brazos y para enredar u obstaculizar las maniobras de los adversarios. Como podemos observar, el que ganaba a los ponchazos lo hacía por recurrir a esos trucos y no necesariamente por manejar mejor el puñal.

34. Contar las costillas

Significa tener bien estudiado a alguien al que se le tiene cierto rencor o aversión, con el fin de perjudicarlo cuando la oportunidad lo permita. La razón del encono no interesa, lo que cuenta es que no perderemos la ocasión de provocarle un daño, de menor o mayor envergadura. Su raíz puede hallarse en zonas rurales, en circunstancias en las que el hambre apremia y se observa a un animal con el fin de sacrificarlo para satisfacer la necesidad imperiosa de alimento.

Contarle las costillas a una vaca, a un cordero o a un chivo, supone ya estar pensando y evaluando cuánto podremos obtener del animal cuando lo hayamos preparado y esté ante nosotros en forma de comida elaborada. La frase, en su uso callejero, indica una actitud de vigilancia, de atención interesada y con intenciones egoístas o de venganza.

35. Cortar el bacalao

El bacalao es un pez que hace mucho tiempo se instaló como componente habitual en la mesa de algunos pueblos de Europa, habida cuenta de que numerosos estados de aquel continente exhiben una importante salida al mar y la industria pesquera ha resultado tanto una necesidad como un negocio tentador. Al igual que tantas otras comidas, una vez servido el bacalao en la mesa, alguien debe cortarlo en porciones para luego repartirlo entre todos los comensales. Parece que esta tarea puntual, habitualmente la realizaba el padre de la familia, quien por entonces reunía el poder de mando en ese pequeño núcleo humano de perfil patriarcal. Por tal motivo, cortar el bacalao se convirtió en evidencia de ser el que manda, el que dispone, el que toma las decisiones más importantes en un ámbito determinado.

Otra versión, que no dista mucho de la anterior, dice que en verdad la expresión deriva de los dueños de pescaderías, quienes cortaban el bacalao, porque dicha tarea requería una maestría particular que, por ejemplo, un novato no tenía como para ejecutar esa labor con éxito. Hoy se la escucha señalando a alguien que, siendo o no el jefe formalmente declarado en un ámbito determinado, es realmente el que toma las decisiones más trascendentes.

36. Llorar la carta

Esta expresión reconoce un origen netamente argentino. Originada a mediados del siglo XIX en la metrópoli de Buenos Aires y potenciada en sus arrabales, cancionero mediante, refiere a las ocasiones en las que una persona intenta dar lástima, ruega con énfasis algo que pretende o se muestra deprimida con diferentes tácticas para llamar la atención de otros. No importa si sus razones son atendibles o cuestionables, lo que importa, en este caso, es la conducta del protagonista.

La cuestión deriva de las repetidas situaciones en las que alguien lloraba mientras leía el contenido de una carta. Claro que estamos hablando de épocas en las que el correo se desarrollaba mediante textos manuscritos. Por ello, resultaba común ver a una persona derramando lágrimas sobre el papel mientras se enteraba de malas noticias, como podían ser un desengaño amoroso o la pérdida de un ser querido.

37. Armarse la de San Quintín

Muy utilizada para describir un gran alboroto, una discusión muy fuerte o una contienda violenta. Ocurre que el 10 de agosto de 1557, tropas españolas enviadas por Felipe II, al mando de Manuel Filiberto, duque de Saboya, entraron a Francia desde Flandes y atacaron la plaza de San Quintín, derrotando estrepitosamente a los ejércitos franceses. Si bien España sufrió muchas bajas, el rey Felipe II quedó muy satisfecho con la victoria y, para conmemorar semejante triunfo, mandó erigir el templo de San Lorenzo de El Escorial, una maravilla arquitectónica, en homenaje al santo de la fecha en cuestión. Desde aquel episodio bélico, la gente de España recurre a lo sucedido en la plaza de San Quintín para dar idea de un lío grande o de un conflicto que puede acarrear víctimas fatales. Luego, de la mano de innumerables inmigrantes, este refrán llegó a la Argentina para quedarse.

38. A todo chancho le llega su San Martín

Desde tiempos lejanos, en ciertas partes del Viejo Continente, especialmente en Francia y España, cada 11 de noviembre se festeja el día de San Martín, recordando a San Martín de Tours, santo francés de origen húngaro que fuera militar. Para dicha ocasión, era costumbre sacrificar a un cerdo, costumbre que no obstante era anterior a esta festividad. Entonces, tenemos que si no a todos, por lo menos a varios chanchos les llegaba su hora por esos días en que se festejaba el día de San Martín. De ahí que el sentido de la frase se extendiese luego para graficar que a toda persona le llega su hora, entendiendo esta idea como la muerte o el momento de dar cuentas.

39. Ser un elefante blanco

Se dice que hace años atrás, tal vez décadas o siglos, era muy común que en ciertas culturas del lejano oriente, como por ejemplo en el famoso reino de Siam (actualmente, Tailandia), las máximas autoridades políticas regalasen elefantes blancos a determinadas personas. Los elefantes con ese pelaje son poco frecuentes y se los estima mucho por esa condición exclusiva que ostentan.

No obstante ser tan exóticos y valiosos, mantener un elefante no es tarea sencilla ni mucho menos, pues conlleva tareas múltiples, tales como alimentación y limpieza, sin dejar de lado el considerable espacio que precisan y los excrementos que deben limpiarse a cotidiano. En realidad los mandatarios regalaban el animal a quienes pretendían mortificar o arruinar, por haber perdido sus favores. Como el regalo no podía ser despreciado, pues ello era tomado como una gran ofensa, necesariamente se lo aceptaba a sabiendas de la intención maléfica que rodeaba la acción. Esta práctica ya ha caído en desuso, pero la frase aún se escucha, no para identificar un regalo con malas intenciones, sino para describir un edificio, empresa o institución muy grande, obsoleta, inútil que cuesta mucho sostener.

40. Prometer espejitos de colores

Así se dice, cada vez que pretendemos señalar que algo es o puede ser engañoso. Particularmente, se recurre a esta expresión cuando se intenta persuadir, inducir al error o estafar a una persona con algo que parece valioso, pero que en realidad no lo es, por su inutilidad, su precaria elaboración, sus efectos nulos o su precio comercial.

Se dice que al llegar los conquistadores europeos, alla por el 1492, al desembarcar en las costas de América Central, para dar una señal pacífica y ganarse la confianza de los pobladores, les entregaron diversos obsequios entre los que se destacaban espejitos de colores, algo poderosamente llamativo para los nativos. Claro está, su valor era escaso, pero para los pueblos originarios era todo una novedad y habrían quedado encantados.

Desde entonces, los espejitos de colores simbolizan un engaño, aunque no se acerque ni remotamente al que sufrieron los antiguos habitantes de nuestro continente.

¿Mientras las leías, se te ocurrió alguna otra?

¿Creés que haya alguna que se me haya escapado y que no pueda faltar?

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